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martes, 20 de enero de 2015

JOSÉ MARÍA ARGUEDAS ALTAMIRANO


José María Arguedas Altamirano (Andahuaylas, 18 de enero de 1911 - Lima, 2 de diciembre de 1969)


"Entiendo y he asimilado la cultura llamada occidental hasta un grado relativamente alto; admiro a Bach y a Prokofiev, a Shakespeare, Sófocles y Rimbaud, a Camus y Eliot, pero más plenamente gozo con las canciones tradicionales de mi pueblo; puedo cantar, con la pureza auténtica de un indio chanka, un harawi de cosecha. ¿Qué soy? Un hombre civilizado que no ha dejado de ser, en la médula un indígena del Perú; indígena, no indio…” . José María Arguedas.




LOS RÍOS PROFUNDOS - 1958



"La luz del sol debía estar ya próxima. La cuja tallada del Viejo se exhibía nítidamente en medio del cuarto. Su techo absurdo y la tela de seda que la cubría, me causaban irritación. Las manchas de hollín le daban un fondo humillante. Derribada habría quedado bien. Volvimos a empacar el colchón de mi padre, los tres pellejos de carnero sobre los que yo dormía, y nuestras frazadas. Salimos. Nos miraron sorprendidos los inquilinos del segundo patio. Muchos de ellos rodeaban una pila de agua, llevando baldes y ollas. El árbol de cedrón había sido plantado al centro del patio, sobre la tierra más seca y endurecida. Tenía algunas flores en las ramas altas. Su tronco aparecía descascarado casi por completo, en su parte recta, hasta donde empezaba a ramificarse.

Las paredes de ese patio no habían sido pintadas quizá desde hacía cien años; dibujos hechos con carbón por los niños, o simples rayas, las cruzaban. El patio olía mal, a orines, a aguas podridas. Pero el más desdichado de todos los que vivían allí debía ser el árbol de cedrón. "Si se muriera, si se secara, el patio parecería un infierno", dije en voz baja. "Sin embargo lo han de matar; lo descascaran..." (1)

"Mi Padre no pudo encontrar nunca dónde fijar su residencia; fue un abogado de provincias, inestable y errante. Con él conocí más de doscientos pueblos. Temía a los valles cálidos y sólo pasaba por ellos como viajero; se quedaba a vivir algún tiempo en los pueblos de clima templado: Pampas, Huaytará, Coracora, Puquio, Andahuaylas, Yauyos, Cangallo... Siempre junto a un río pequeño, sin bosques, con grandes piedras lúcidas y peces menudos. 

El arrayán, los lambras, el sauce, el eucalipto, el capulí, la tara, son árboles de madera limpia, cuyas ramas y hojas se recortan libremente. El hombre los contempla desde lejos; y quien busca sombra se acerca a ellos y reposa bajo un árbol que canta solo, con una voz profunda, en que los cielos, el agua y la tierra se confunden. Las grandes piedras detienen el agua de esos ríos pequeños; y forman los remansos, las cascadas, los remolinos, los vados. Los puentes de madera o los puentes colgantes y las oroyas, se apoyan en ellas. En el sol, brillan. Es difícil escalarlas porque casi siempre son compactas y pulidas. Pero desde esas piedras se ve cómo se remonta el río, cómo aparece en los recodos, cómo en sus aguas se refleja la montaña. Los hombres nadan para alcanzar las grandes piedras, cortando el río, llegan a ellas y duermen allí. Porque de ningún otro sitio se oye mejor el sonido del agua. En los ríos anchos y grandes no todos llegan hasta las piedras. Sólo los nadadores, los audaces, los héroes; los demás, los humildes y los niños se quedan; miran desde la orilla, cómo los fuertes nadan en la corriente, donde el río es hondo, cómo llegan hasta las piedras solitarias, cómo las escalan, con cuánto trabajo, y luego se yerguen para contemplar la quebrada, para aspirar la luz del río, el poder con que marcha y se interna en las regiones desconocidas. Pero mi padre decidía irse de un pueblo a otro, cuando las montañas, los caminos, los campos de juego, el lugar donde duermen los pájaros, cuando los detalles del pueblo empezaban a formar parte de la memoria. A mi padre le gustaba oír huaynos no sabía cantar, bailaba mal, pero recordaba a qué pueblo, a qué comunidad, a qué valle pertenecía tal o cual canto. A los pocos días de haber llegado a un pueblo averiguaba quién era el mejor arpista, el mejor tocador de charango, de violín y de guitarra. Los llamaba, y pasaban en la casa toda una noche. En esos pueblos sólo los indios tocan arpa y violín. Las casas que alquilaba mi padre eran las más baratas de los barrios centrales. El piso era de tierra y las paredes de adobe desnudo o enlucido con barro. Una lámpara de kerosene nos alumbraba. Las habitaciones eran grandes; los músicos tocaban en una esquina. Los arpistas indios tocan con los ojos cerrados. La voz del arpa parecía brotar de la oscuridad que hay dentro de la caja; y el charango formaba un torbellino que grababa en la memoria la letra y la música de los cantos..." (2)

"Frente a Yauyos hay un pueblo que se llama Cusi. Yauyos está en una quebrada pequeña, sobre un afluente del río Cañete. El riachuelo nace en uno de los pocos montes nevados que hay en ese lado de la cordillera; el agua baja a saltos hasta alcanzar el río grande que pasa por el fondo lejano del valle, por un lecho escondido entre las montañas que se levantan bruscamente, sin dejar un claro, ni una hondonada. El hombre siembra en las faldas escarpadas inclinándose hacia el cerro para guardar el equilibrio. Los toros aradores, como los hombres, se inclinan; y al fin del surco dan la media vuelta como bestias de circo, midiendo los pasos. En ese pueblo, el pequeño río tiene tres puentes: dos de cemento, firmes y seguros, y uno viejo de troncos de eucalipto, cubiertos de barro seco. Cerca del puente viejo hay una huerta de grandes eucaliptos. De vez en cuando llegaban bandadas de loros a posarse en esos árboles. Los loros se prendían de las ramas; gritaban y caminaban a lo largo de cada brazo de árbol; parecían conversar a gritos, celebrando su llegada. Se mecían en las copas altas del bosque. Pero no bien empezaban a gozar de sosiego, cuando sus gritos repercutían en las rocas de los precipicios, salían de sus casas los tiradores de fusil; corrían con el arma en las manos hacia el bosque. El grito de los loros grandes sólo lo he oído en las regiones donde el cielo es despejado y profundo. Yo llegaba antes que los fusileros a ese bosque de Yauyos. Miraba a los loros y escuchaba sus gritos. Luego entraban los tiradores. Decían que los fusileros de Yauyos eran notables disparando en la posición de pie porque se entrenaban en los loros. Apuntaban; y a cada disparo caía un loro; a veces, por casualidad, derribaban dos. ¿Por qué no se movía la bandada? ¿Por qué no levantaban el vuelo al oír la explosión de los balazos y al ver tantos heridos? Seguían en las ramas, gritando, trepando, saltando de un árbol a otro. Yo hacía bulla, lanzaba piedras a los árboles, agitaba latas llenas de piedras; los fusileros se burlaban; y seguían matando loros, muy formalmente. Los niños de las escuelas venían por grupos a recoger los loros muertos; hacían sartas con ellos. Concluido el entrenamiento, los muchachos paseaban las calles llevando cuerdas que cruzaban todo el ancho de la calle; de cada cuerda colgaban de las patas veinte o treinta loros ensangrentados..."(3)


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En estas breves líneas, extraídas de su obra “Los Ríos Profundos”, podemos apreciar algunos detalles autobiográficos, sobre su entorno, la vida en constante movimiento, debido a los viajes que realizaba junto a su padre; pero dejemos que sea el propio José María Arguedas, quien nos narre algunos otros aspectos de su vida. Aquella vida que le toco experimentar.




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TODAS LAS SANGRES - 1964 



"Los diarios de Lima informan sobre el incendio de la iglesia del pueblo de San Pedro de Lahuaymarca, hecha por manos «ateas comunistas» así como el asesinato del ingeniero Cabrejos a manos de una «criminal fría y desalmada». La empresa minera, continuando con la expropiación de los terrenos de «La Esperanza», aplana la pampa con máquinas bulldozer. Pero uno de los residentes de esa zona, el indio Anto, se niega a abandonar su propiedad y se vuela con dinamita junto con las máquinas que ya tumbaban su casa. Don Bruno se culpa de todas esas desgracias y decide purificar el mundo acabando con los responsables. Encomienda a su hijo y a su mujer Vicenta a Demetrio Rendón Willka; luego coge sus armas y parte acompañado de un indio. Se dirige a la hacienda de don Lucas, el gamonal cruel y abusivo, a quien mata ante el regocijo de los indios; luego se dirige a la hacienda «La Esperanza» de su hermano don Fermín, a quien encuentra conversando con el ingeniero Hidalgo. Don Bruno acusa a su hermano de ser responsable de todas las desgracias del pueblo y le apunta con su revólver; al verse amenazado, don Fermín corre pero cae herido en las piernas. Al ver lo que ha hecho, don Bruno se derrumba y llora, pidiendo al ingeniero Hidalgo que lo lleve a la cárcel..."(4).











EL ZORRO DE ARRIBA Y EL ZORRO DE ABAJO - 1971

Me acordé de la primera vez que te conocí en Berlín, de cómo te llevé del brazo al ómnibus, con cuánta felicidad, como cuando, ya profesional, volví a encontrar a don Felipe Maywa, en San Juan de Lucanas y ¡de repente! Me sentí igual a ese gran indio al que había mirado en la infancia como un sabio, como a una montaña condescendiente. ¡Igual a él! Y mientras los otros poblanos me doctoreaban estropeándome hasta la luz del pueblo, él, don Felipe, me permitió que lo tomara del brazo. Y sentí su olor de indio, ese hálito amado de la bayeta sucia de sudor. Y abracé a don Felipe de igual a igual. Don Felipe tiene pequeña estatura –aún vive-. Yo, que soy mediano, le llevo bastante en tamaño. Pero nos miramos de hombre a hombre. Y no era mayor mi asombro justificado, bien contenido y por eso mismo tenso. Nos miramos abrazados, ante el otro tipo de asombro de los poblanos, indios y wiraqochas vecinos notables que estaban respetándome, desconociéndome. ¡Si yo era el mismo, el mismo pequeño que quiso morir en un maizal del otro lado del río Huallpamayo, por que don Pablo me arrojó a la cara el plato de comida que me había servido la Facundacha! Pero, también allí, en el maizal, sólo me quedé dormido hasta la noche. No me quiso la muerte […] Como si yo, criado entre la gente de don Felipe Maywa, metido en el oqllo* miso de los indios durante algunos años de la infancia para luego volver a la esfera <<supraindia>> de donde había <<descendido>> entre los quechuas, dijera que mejor, mucho más esencialmente interpreto el espíritu, el apetito de don Felipe, que el propio don Felipe. ¡Falta de respeto y legítima consideración! No se justifica. No hablaría así ese García Márquez que se parece mucho a doña Carmen Taripha, de Maranganí, Cuzco. Carmen le contaba al cura, de quien era criada, cuentos sin fin de zorros, condenados, osos, culebras, lagartos; imitaba a esos animales con la voz y el cuerpo. Los imitaba tanto que el salón del curato se convertía en cuevas, en montes, en pumas y quebradas donde sonaban el arrastrarse de la culebra que hace mover despacio las yerbas y charamuscas, el hablar del zorro entre chistoso y cruel, el del oso que tiene como masa de harina en la boca, el del ratón que corta con su filo hasta la sombra; y doña Carmen andaba como zorro y como oso, y movía los brazos como culebra y como puma, hasta el movimiento del rabo lo hacía; y bramaba igual que los condenados que devoran gente sin saciarse jamás, así el salón cural era algo semejante a las páginas de los Cien años… aunque en Cien años hay sólo gente muy desanimalizada y en los cuentos de la Taripha los animales transmitían también la naturaleza de los hombres en su principio y en su fin..." (5).


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“no tuve más ambición que la de volcar en la corriente de la sabiduría y el arte del Perú criollo el caudal del arte y la sabiduría de un pueblo al que se consideraba degenerado, debilitado o ‘extraño’ e ‘impenetrable’” pero que, en realidad, no era sino lo que llega a ser un gran pueblo oprimido por el desprecio social, la dominación política y la explotación económica en el propio suelo donde realizó hazañas por las que la historia lo consideró un gran pueblo: se había convertido en una nación acorralada, aislada para ser mejor administrada y sobre la cual sólo los acorraladores hablan mirándola a distancia y con repugnancia o curiosidad...” José María Arguedas.





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YAWAR FIESTA 1941 



“Escribí el primer relato en el castellano más correcto y ‘literario’ que podía alcanzar. Leí después el cuento a algunos de mis amigos en Lima, lo elogiaron. Pero yo detestaba cada vez más aquellas páginas. ¡No, no eran así ni el hombre, ni el pueblo, ni el paisaje que yo quería describir, casi podría decir denunciar! Bajo el falso lenguaje se mostraba un mundo como inventado, sin médula y sin sangre; un típico mundo literario, en el que la palabra ha consumido a la obra. Mientras en la memoria, en mi interior, el verdadero tema seguía ardiendo, intocado. Volví a escribir el relato, y comprendí definitivamente que el castellano no me serviría empleándolo en la forma tradicionalmente literaria” [...] En el silencio, en lo tranquilo del cielo, el canto hizo temblar el corazón de los varayok’s. La voz delgadita de las mujeres pasaba como aguja por los cerros. Para terminar el canto levantaban más alto el tono, más alto, hasta que se quebraba en la garganta. Y era peor, más triste que si hubieran llorado [...] Cumunkuna: con la ley ha probado don Santos que estos echaderos son de su pertenencia. Ahora don Santos va a ser respeto; va a ser patrón de indios que viven en estas tierras. Dios del cielo también respeta ley; ley es para todos, igual. Cumunkuna ¡a ver! Besen la mano de don Santos..." (6)




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"Un poco por miedo otro poco porque se me necesitaba o creo que se me necesitaba he sobrevivido hasta hoy y será hasta el lunes o martes. Temo que el Seconal no me haga el efecto deseado. Pero creo que ya nada puedo hacer. Hoy me siento más aniquilado y quienes viven junto a mí no lo creen o acaso sea más psíquico que orgánico. Da lo mismo. (...) Tengo 55 años. He vivido bastante más de lo que creí (carta a Arístides Arguedas, 10 de abril de 1966)









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EL SEXTO – 1961



“Estamos viviendo sobre el crímen, amigo estudiante; aquí está abajo y nosotros encima; en Morococha y Cerro es al revés; ellos encima, los chupa sangre, abajo los trabajadores; ya sea debajo de la tierra, en la mina, o en los barrios de lata. Porque en Morococha, los indios obreros duermen en barrios de lata. ¡Cómo aguantan el frío!. … . Hermano estudiante, ellos son en esas minas lo que estos vagos en el Sexto: lo último. ¿Tú conoces Morococha y Cerro? ¿Sabes que en ningún sitio de nuestras cordilleras hace más frío que en Cerro y Morococha? ¿Paraqué sirve allí un techo de lata? Para esconder a la gente, que no vean lo que tiemblan. La cuestión es tapar y chupar la sangre. Los gringos, pues,no son ni de aquí ni de allá; son del billete. ¡Esa es su patria!...” (7). 


“¿No estás viendo? Nuestros gobiernos, nuestros jefes que vienen desde Pizarro, con los gringos que se aprovechan, nos convierten en perros. ... Algo hay, algo hay, tan sucio como el corazón de los que en este mundo no viven sino para la plata y para el negocio. ¿Dónde está la diferencia, entre el negocio de ésos, de afuera, y de éstos, aquí adentro?...” (8).

“¿Qué ideal, hermano Cámac, inspira a nuestros dominadores y tiranos...? Si no han sido capaces de entender ese lenguaje del Perú como patria antigua y única, no merecen sin duda dirigir este país... No queremos, hermano Cámac, no permitiremos que el veneno del lucro sea el principio y el fin de sus vidas. Queremos la técnica, el desarrollo de la ciencia, el dominio del universo, pero al servicio del ser humano...” (9).

“Hermano Cámac –dije, pronunciando las palabras– … Ahora hemos descendido más hondo. ¡Llévame tú, que ya eres poderoso, llévame a la orilla de algunos de los ríos grandes de nuestra patria! Al Pampas, al Apurímac o al Mantaro. ¡Yo veré el río, la luz que juega sobre el remanso, las piedras que resisten el golpe de la corriente, y me purificaré de todo lo que he visto en esta cueva de Lima...” (10) 

“El Perú está pues en manos de unos millonarios, que amontonan su plata hundiendo en la miseria, en la perversidad, en un excusado, a más de la mitad de los peruanos. Gabiel, ¡recuerda el mundo de afuera!... Ahora unos viven temblando siempre por el día de mañana, mientras que otros dominan provincias enteras...” (11).




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JOSÉ MARÍA ARGUEDAS ALTAMIRANO



Nació el 18 de enero de 1911 en la ciudad de Andahuaylas, en la sierra sur del Perú. Era hijo de Víctor Manuel Arguedas Arellano, un abogado cuzqueño que ejercía de Juez en diversos pueblos, y de Victoria Altamirano Navarro, perteneciente a una acaudalada familia de Andahuaylas. Cuando tenía dos años y medio de edad, falleció su madre, víctima de «cólicos hepáticos»; pasó entonces a vivir a la casa de su abuela paterna, Teresa Arellano, en la ciudad de Andahuaylas.



Por la poca presencia de su padre, y su mala relación con su madrastra y su hermanastro, se refugió en el cariño de los sirvientes indios, lo que hizo que se adentrara con la lengua y costumbres andinas que modelaron su personalidad. Sus estudios de primaria los realizó en San Juan de Lucanas, Puquio y Abancay, y los de secundaria en Ica, Huancayo y Lima. Ingresó a la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos, en 1931; allí se licenció en Literatura, y posteriormente cursó Etnología, recibiéndose de bachiller en 1957 y doctor en 1963. De 1937 a 1938 sufrió prisión en razón de una protesta contra un enviado del dictador italiano Benito Mussolini. Paralelamente a su formación profesional, en 1941 empezó a desempeñar el profesorado, primero en Sicuani, Cusco, y luego en Lima, en los colegios nacionales Alfonso Ugarte, Guadalupe y Mariano Melgar, hasta 1949. Ejerció también como funcionario en el Ministerio de Educación, poniendo en evidencia su interés por preservar y promover la cultura peruana, en especial la música y la danza andinas. Fue Director de la Casa de la Cultura (1963-64) y Director del Museo Nacional de Historia (1964-1966). En el campo de la docencia superior, fue catedrático de Etnología en la Universidad de San Marcos (1958-1968) y en la Universidad Agraria La Molina (1962-1969). Agobiado por conflictos emocionales, puso fin a sus días disparándose un tiro en la cabeza



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LA AGONIA DE RASU-ÑITI - 1962 



"La mujer se inclinó ante el dansak’. Le abrazó los pies. ¡Estaba ya vestido con todas sus insignias! Un pañuelo blanco le cubría parte de la frente. La seda azul de su chaqueta, los espejos, la tela roja del pantalón, ardían bajo el angosto rayo de sol que fulguraba en la sombra del tugurio que era la casa del indio Pedro Huancayre, el gran dansak’ “Rasu-Ñiti”, cuya presencia se esperaba, casi se temía, y era luz de las fiestas de centenares de pueblos. […]Ya tenía el pañuelo rojo en la mano izquierda. Su rostro enmarcado por el pañuelo blanco, casi salido del cuerpo, resaltaba, porque todo el traje de color y luces y la gran montera lo rodeaban, se diluían para alumbrarlo; su rostro cetrino, no pálido, cetrino duro, casi no tenía expresión. Sólo sus ojos aparecían hundidos como en un mundo, entre los colores del traje y la rigidez de los músculos. […] “Rasu-Ñiti” vio a la pequeña bestia. ¿Por qué tomó más impulso para seguir el ritmo lento, como el arrastrarse de un gran río turbio, del yawar mayu éste que tocaban “Lurucha” y don Pascual? “Lurucha” aquietó el endiablado ritmo de este paso de la danza. Era el yawar mayu, pero lento, hondísimo; sí, con la figura de esos ríos inmensos, cargados con las primeras lluvias; ríos, de las proximidades de la selva que marchan también lentos, bajo el sol pesado en que resaltan todos los polvos y lodos, los animales muertos y árboles que arrastran, indeteniblemente. Y estos ríos van entre montañas bajas, oscuras de árboles. No como los ríos de la sierra que se lanzan a saltos, entre la gran luz; ningún bosque los mancha y las rocas de los abismos les dan silencio..." (12)


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EL SUEÑO DEL PONGO - 1965

Un hombrecito se encaminó a la casa-hacienda de su patrón. Como era siervo iba a cumplir el turno de pongo, de sirviente, en la gran residencia. Era pequeño de cuerpo, miserable de ánimo, débil, todo lamentable; sus ropas viejas. El gran señor, patrón de la hacienda, no pudo contener la risa cuando el hombrecito lo saludó en el corredor de la residencia. 

Eres gente u otra cosa — le preguntó delante de todos los hombres y mujeres que estaban de servicio. Humillándose, el pongo no contestó. Atemorizado, con los ojos helados, se quedó de pie. 

¡A ver! — dijo el patrón— por lo menos sabrá lavar ollas, siquiera podrá manejar la escoba, con esas sus manos que parecen que no son nada. 

¡Llévate esta inmundicia! — ordenó al mandón de la hacienda. Arrodillándose, el pongo besó las manos al patrón y, todo agachado, siguió al mandón hasta la cocina. El hombrecito tenía el cuerpo pequeño, sus fuerzas eran sin embargo como las de un hombre común. Todo cuanto le ordenaban hacer, lo hacía bien. Pero había un poco como de espanto en su rostro; algunos siervos se reían de verlo así, otros lo compadecían. "Huérfano de huérfanos; hijo del viento, de la luna, debe ser el frío de sus ojos, el corazón, pura tristeza", había dicho la mestiza cocinera, viéndolo. El hombrecito no hablaba con nadie, trabajaba, callado comía. "Sí, papacito; sí, mamacita", era cuanto solía decir. 

Quizá a causa de tener una cierta expresión de espanto y por su ropa tan haraposa y acaso, también, porque no quería hablar, el patrón sintió un especial desprecio por el hombrecito. Al anochecer cuando los siervos se reunían para rezar el Ave María, en el corredor de la casa-hacienda, a esa hora, el patrón martirizaba siempre al pongo, delante de toda la servidumbre; lo sacudía como a un trozo de pellejo. Lo empujaba de la cabeza y lo obligaba a que se arrodillara y, así, cuando ya estaba hincado, le daba golpes suaves en la cara. 

Creo que eres perro. ¡Ladra! —le decía. 
El hombrecito no podía ladrar. 

Ponte en cuatro patas —le ordenaba entonces. 
El pongo obedecía, y daba unos pasos en cuatro pies. 

Trota de costado, como perro —seguía ordenándole el hacendado. El hombrecito sabía correr imitando a los perros pequeños de la puna. El patrón reía de muy buena gana; la risa le sacudía todo el cuerpo. 

¡Regresa! —le gritaba cuando el sirviente alcanzaba trotando el extremo del gran corredor. El pongo volvía, corriendo de costadito. Llegaba fatigado. Algunos de sus semejantes, siervos, rezaban mientras tanto el Ave María, despacio, como viento interior en el corazón. 

¡Alza las orejas ahora, vizcacha! 
¡Vizcacha eres! —mandaba el señor al cansado hombrecito. 

Siéntate en dos patas; empalma las manos. 

Como si en el vientre de su madre hubiera sufrido la influencia modelante de alguna vizcacha, el pongo imitaba exactamente la figura de uno de estos animalitos, cuando permanecen quietos como orando sobre las rocas. Pero no podía alzar las orejas. Golpeándolo con la bota, sin patearlo fuerte, el patrón derribaba al hombrecito sobre el piso de ladrillo del corredor. 

Recemos el Padrenuestro —decía luego el patrón a sus indios, que esperaban en fila. El pongo se levantaba a pocos, y no podía rezar porque no estaba en el lugar que le correspondía ni ese lugar correspondía a nadie. En el oscurecer, los siervos bajaban del corredor al patio y se dirigían al caserío de la hacienda. 

¡Vete, pancita! —solía ordenar, después, el patrón al pongo. 

Y así, todos los días, el patrón hacía revolcarse a su nuevo pongo, delante de la servidumbre. Lo obligaba a reírse, a fingir llanto. Lo entregó a la mofa de sus iguales, los colonos. 

Pero... una tarde a la hora del Ave María, cuando el corredor estaba colmado de toda la gente de la hacienda, cuando el patrón empezó a mirar al pongo con sus densos ojos, ese, ese hombrecito, habló muy claramente. Su rostro seguía un poco espantado. 

Gran señor, dame tu licencia, padrecito mío, quiero hablarte— dijo. 

El patrón no oyó lo que oía. 

¿Qué? ¿Tú eres quien ha hablado u otro?— preguntó. 

Es a ti a quién quiero hablarte —repitió el pongo. 

Habla... si puedes —contestó el hacendado. 

Padre mío, señor mío, corazón mío —empezó a hablar el hombrecito—, soñé anoche que habíamos muerto los dos, juntos; juntos habíamos muerto. 

¿Conmigo? ¿Tú? Cuenta todo, indio —le dijo el gran patrón. 

Como éramos hombres muertos, señor mío, aparecimos desnudos los dos juntos, desnudos ante nuestro gran padre San Francisco. 

¿Y después? ¡Habla! —ordenó el patrón, entre enojado e inquieto por la curiosidad. 

Viéndonos muertos, desnudos, juntos, nuestro Gran Padre San Francisco nos examinó con sus ojos que alcanzan y miden no sabemos hasta qué distancia. A ti y a mí nos examinaba, pesando, creo, el corazón de cada uno y lo que éramos y lo que somos. Como hombre rico y grande, tú enfrentabas esos ojos, padre mío. 

¿Y tú? 

No puedo saber cómo estuve, gran señor. Yo no puedo saber lo que valgo. 

Bueno sigue contando. 

Entonces, después nuestro padre dijo con su boca: "De todos los ángeles el más hermoso que venga. A ese incomparable que lo acompañe otro pequeño que sea también el más hermoso. Que el ángel pequeño traiga una copa de oro, y la copa de oro llena de la miel de la chancaca más transparente". 

¿Y entonces? —preguntó el patrón. Los indios siervos oían, oían al pongo, con atención sin cuenta pero temerosos. 

Dueño mío, apenas nuestro gran Padre San Francisco dio la orden, apareció un ángel brillante, alto como el sol; vino hasta llegar delante de nuestro Padre caminando despacio. Detrás del ángel mayor marchaba otro pequeño, bello, de luz suave, como el resplandor de las flores. Traía en las manos una copa de oro. 

¿Y entonces? —repitió, el patrón. 

"Ángel mayor: cubre a este caballero can la miel que está en la copa de oro; que tus manos sean como plumas cuando pasen sobre el cuerpo del hombre", diciendo, ordenó nuestro gran Padre. Y así, el ángel excelso, levantando la miel con sus manos, enlució tu cuerpecito todo, desde la cabeza hasta las uñas de los pies. Y te erguiste, solo; en el resplandor del cielo la luz de tu cuerpo sobresalía, como si estuviera hecho de oro, transparente. 

Así tenía que ser— dijo el patrón, y luego preguntó: 

¿Y a ti? 

Cuando tú brillabas en el cielo, nuestro Gran Padre San Francisco volvió a ordenar. 

"Que de todos los ángeles del cielo venga el que menos vale, el más ordinario. Que ese ángel traiga en un tarro de gasolina excremento humano". 

¿Y entonces? 

Un ángel que ya no valía, viejo, de patas escamosas, al que no le alcanzaban las fuerzas para mantener las alas en su sitio, llegó ante nuestro Gran Padre; llegó bien cansado, con las alas chorreadas, trayendo en las manos un tarro grande. 

"Oye viejo —ordenó nuestro gran Padre a ese pobre ángel— embadurna el cuerpo de este hombrecito con el excremento que hay en esa lata que has traído; todo el cuerpo, de cualquier manera; cúbrelo como puedas. ¡Rápido!". 

Entonces con sus manos nudosas, el ángel viejo, sacando el excremento de la lata me cubrió desigual, el cuerpo, así como se echa barro en la pared de una casa ordinaria, sin cuidado, Y aparecía avergonzado, en la luz del cielo, apestando. 

Así mismo tenía que ser —afirmó el patrón— ¡Continúa! ¿O todo concluye allí?... 

No, padrecito mío, señor mío. Cuando nuevamente, aunque ya de otro modo, nos vimos juntos, los dos, ante nuestro Gran Padre San Francisco, él volvió a mirarnos, también nuevamente, ya a ti ya a mi, largo rato. Con sus ojos que colmaban el cielo, no sé hasta qué honduras nos alcanzó, juntando la noche con el día, el olvido con la memoria, y luego dijo: "Todo cuando los ángeles debían hacer con ustedes ya está hecho. Ahora ¡lámanse el uno al otro! Despacio, por mucho tiempo". El viejo ángel rejuveneció a esa misma hora; sus alas recuperaron su color negro, su gran fuerza. Nuestro Padre le encomendó vigilar que su voluntad se cumpliera. (13)







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“Escribimos por amor, por goce y por necesidad, no por oficio. Eso de planear una novela pensando en que con su venta se ha de ganar honorarios, me parece cosa de gente muy metida en las especializaciones…” José María Arguedas.








“Yo no soy un aculturado. Yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, habla en cristiano y en indio, en español y en quechua. Deseaba convertir esa realidad en lenguaje artístico…” Discurso de José María Arguedas, No soy un aculturado.







“El otro principio fue el de considerar al Perú como una fuente infinita para la creación. Perfeccionar los medios de entender este país infinito mediante el conocimiento de todo cuanto se descubre en otros mundos…” Discurso de José María Arguedas, No soy un aculturado.
















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Vídeos y fotografías: son propiedad de sus respectivos autores.

(1).- Los Ríos Profundos - 1958

José María Arguedas Altamirano
P.p. 11, 12
(2).- Ibídem
P.p. 19, 20
(3).- Ibídem
P.p. 22, 23

(4).- Todas las Sangres - 1964
José María Arguedas Altamirano

(5).- El Zorro de Arriba y El Zorro de Abajo - 1971
Novela publicada póstumamente 
José María Arguedas Altamirano
P.p. 11, 12

(6).- Yawar Fiesta - 1941
Novela revisada en 1958
José María Arguedas Altamirano

(7).- El Sexto - 1961
José María Arguedas Altamirano
P.p. 226
(8).- Ibídem
P.p. 237
(9).- Ibídem
P.p. 274
(10).- Ibídem
P.p. 309
(11).- Ibídem
P.p. 315

(12).- La Agonia de Rusa-Ñiti - 1962
José María Arguedas Altamirano

(13).- El Sueño del Pongo - 1965
José María Arguedas Altamirano

Enlaces de interés:



sábado, 14 de noviembre de 2020

HERENCIAS Y TRADICIONES

COLECCIÓN DE ARTE POPULAR
Museo de Arte de San Marcos
(3/3)

"Toro de Pucará". Puno, siglo XX. Cerámica modelada y pintada, 32.2 x 38.6 x 18 cm.






"Cruz de pasión". Ayacucho, siglo XX. Madera y pasta policromada, 58 x 39 x 15 cm.






MUSEO DE ARTE DE SAN MARCOS

"La Universidad Nacional Mayor de San Marcos no contaba hasta 1970 con un Museo de Arte. Gracias a las gestiones del Dr. Francisco Stastny se crea el Museo de Arte e Historia(en 1996 cambia su denominación actual de Museo de Arte de San Marcos), con el objetivo de albergar y difundir el patrimonio histórico-artístico que pertenecía a la Universidad. A esta iniciativa, se suma la generosa donación de obras que realiza la artista Alicia Bustamante que junto a su hermana celia, reunieron una importante colección de piezas del arte tradicional peruano. Después , en 1974, el historiador Pablo Macera sigue este ejemplo con la donación de parte de su colección al Museo.

La colección comprende obras de diversas zonas: Cuzco, Puno, Ayacucho, Junín, Huancavelica, Lambayeque, Amazonas, por nombrar algunas. Desde el aspecto de los materiales, aproximadamente el 50% está conformada por cerámica utilitaria y escultórica; en cantidades menores están los de madera y en combinación con otros materiales como la pasta o la tela encolada, le sigue los mates, y en menor porcentaje otras piezas de técnicas variadas como la piedra de Huamanga, la piedra berenguela, la hojalata, los textiles, el cuero o la fibra vegetal.

En la presente exposición, el Museo de Arte de San Marcos presenta parte de este abanico de expresiones como ejemplo de la pluralidad de las costumbres tradicionales que, en las primera décadas del siglo XX, saldrían del olvido y casi desaparición gracias a la acción de artistas e intelectuales indigenistas como José Sabogal, José María Arguedas, José Carlos Mariátegui y Alicia Bustamante, por mencionar solo algunos. Es gracias a este interés y un novedoso espíritu coleccionista que la UNMSM se convierte en la heredera del arte tradicional que se produjo durante la centuria pasada." (1)







Eulogio Medina Zanabria: "Azycarero". Cochas-Huancayo, 1970-80. Mate burilado y pirograbado, 14 x 23 Ø





Máscara "Huacón". Junín, siglo XX. Madera tallada, 21 x 15 x 12 cm.






Silvia Beatriz Suárez Moncada: "Joaquín López Antay". 1975.






JOAQUÍN LÓPEZ ANTAY
(Ayacucho, Perú, 23 de agosto de 19897 - Ayacucho, Perú, 28 de mayo de 1981)

"Nació en la ciudad de Ayacucho el 23 de agosto de 1897, en el seno de una familia de artesanos. Su padre fue Mariano López y su madre Eduarda Antay, y sus abuelos maternos Manuela Momediano y Esteban Antay, artistas imagineros, que tuvieron un taller en el cual confeccionaban los típicos cajones San Marcos, baúles, cruces y pastawawas. Fue ahí donde el joven Joaquín se formó como imaginero. Como sostiene el historiador Pablo Macera, su obra se caracterizó por su capacidad de síntesis compositiva y de color, y por incorporar temas costumbristas en el cajón San Marcos. El maestro Joaquín López Antay fue estudiado y promocionado inicialmente por artistas e intelectuales indigenistas, como Alicia Bustamante y José María Arguedas, quien a pesar de su postura conservadora, empezó a destacar su obra en sus transformaciones creativas, plenas de esencia etnográfica.      

El gobierno de Juan Velasco Alvarado -que a inicios de la década de 1970 había potenciado la cultura, en particular la popular-, fundó el Instituto Nacional de Cultura, que más tarde gestó el Premio Nacional de Fomento a la Cultura, el cual le fue otorgado a don Joaquín López Antay en el área de arte. Este reconocimiento, entregado en ceremonia pública el 7 enero de 1976, generó la protesta de un grupo de artistas ortodoxos que no concebían que la obra de un artista popular tradicional quechua-hablante tuviera más valor que el Arte con mayúsculas, generando un debate entre arte popular y arte culto. Desde entonces, la figura de don Joaquín López Antay se ha convertido en un símbolo emblemático del arte tradicional peruano, pues no solo ganó fama y reconocimiento oficial, sino que su trascendencia como artista popular regional alcanzó otra dimensión, convirtiéndose en un paradigma para el resto de sus colegas. Tras alcanzar la realización artística, don Joaquín López Antay permaneció en su tierra natal hasta la hora de su partida, el 28 de mayo de 1981." (*)







"Conopa carnero". Quinua, Ayacucho, siglo XX. Cerámica modelada y engobada, 17.8 x 9 x 18 cm.






Leoncio Tineo: "Iglesia de Quinua". Ayacucho, sigllo XX, Cerámica modelada y engobada, 27 x 26 x 9 cm.






PIEDRA DE HUAMANGA

"La piedra de Huamanga fue usada desde finales del siglo XVII y, probablemente, los primeros en realizar tallas en este material fueron artífices europeos. De forma similar a otras expresiones artísticas, fue la iconografía religiosa durante el virreinato, la que inspiró a los maestros artesanos en la producción de imágenes en relieve o bulto de temmas de la religión católica, realizados bajo los preceptos moralistas y catequizadores de este periodo. Así mismo, se elaboraron diversidad de figuras que vinieron a reemplazar a la ornamentación en porcelana; entre ellas escenas galantes, imágenes alegóricas de los continentes, bodegones y escenas de la vida cotidiana enriquecieron el programa de imágenes camino a tiempos independentistas.

El paso del virreinato a la república enriqueció los temas alegóricos, toma fuerza la figura del león representando el poder imperialista. Una serie de imágenes fueron creadas en clara disputa de ideales, aquel que defendía el poder de la metrópoli española y aquel que impulsaba los ideales libertarios. Pasada la independencia, la imagen  de la vicuña sobre el león tendría gran acogida como representación del pueblo peruano venciendo al poder español. Así mismo, alegorías de la patria (mujer abrazando a la vicuña) fueron realizadas con el propósito de alimentar el espíritu de la joven república." (2)







Hilario y georgina Mendivil: "Huida a Egipto". Cusco 1963.
Maguey, pasta, tela encolada y policromada.






Silvia Beatriz Suárez Moncada: "Delia Poma Osores". 1975.






DELIA MARÍA POMA OSORES
(Junín, Perú. 15 de agosto de 1956)

"Artesana perteneciente a la Comunidad Campesina de Cochas Grande en Huancayo - Junín. Sus padres se dedicaron al tejido de tela de callhua elaborando mantas matizadas y también mates burilados. Delia, por motivos económicos se inició en la artesanía con el bordado a mano de polleras y talqueado cuando tenía sólo once años. En 1968 empezó a ayudar a su hermana Herayda en el burilado de mates, arte al que se dedicó por completo a partir de 1970. Cuantro años después ganó el Concurso Regional de Mates Burilados, lo que le permitió representar a su región a nivel nacional en INKARRI 1974. A partir de ahí y gracias a su esfuerzo y dedicación ha obtenido diversos premios nacionales e internacionales, y reconocimientos como maestra artesana. 

En 1976 se casó con Ciro Núñez Hospino con quien tuvo tres hijos Elvis, Etson y Delia Consuelo. La pareja unió esfuerzos y empezó a trabajar en equipo: Delia se dedicó a preparar piezas tradicionales, únicas y de colección, mientras Ciro elaboraba piezas comerciales, las cuales servían para mantener a la familia. Actualmente participan en concursos, ferias y otros eventos que les permita comercializar sus obras directamente tanto al interior como al exterior del país. Delia tiene como objetivo dar a conocer al mundo las costumbres y tradiciones de su región a través de cada una de estas piezas; así como, preservar este arte tradicional. Por eso se dedica a enseñar a su familia y a la comunidad en general lo que ha aprendido en sus más de 40 años de actividad. También cuenta con una tienda en la que ofrece sus productos llamada la Casa del Artesano ubicada en el centro de Huancayo." (*)












"Mocagua". Amazonia, etnia Shipiba, siglo XX. Cerámica modelada pintada y vidriada, 11.8 x 17.2 cm.






"Cruz de pasión". Ayacucho, siglo XX. Madera y pasta policromada, 35.5 x 18 x 10 cm.





CALABAZA - MATE BURILADO

"Calabaza o lagenaria vulgaris, es el vegetal que después de un proceso de limpieza y secado se utilizará en la fabricación de los mates decorados, que pueden ser burilados y/o pirograbados (Junín, Ayacucho, y Huancavelica); y también pintados al acido (Lambayeque). Conforma una de las expresiones populares de más antigüedad, pues, precede a la utilización de la cerámica como objeto utilitario. Se advierte su presencia en culturas prehispánicas como Paracas, Nasca, Chimú, Chancay e Inca, con diversa decoración; diseños incisos, incrustaciones de piedras o conchas y policromías. En época virreinal, la aplicación de plata en los mates se convertiría en una practica que duraría hasta mediados del siglo XIX.

Los cambios sociales y económicos por el nacimiento de la república, ofrecieron a los artífices nuevos temas que plasmar en los mates; a la flora, fauna, paisajes, festividades y escenas de la vida común se sumaron temas históricos o hechos heroicos que enriquecían el corpus iconográfico. Así mismo, la decoración, la decoración se circunscribió al trabajo en el mismo material sin adhesión de otros elementos. Por otro lado, las piezas de cuero que integran la colección del Museo de Arte de San Marcos son, en su mayoría, vasos con decoración incisa. Conocidos también por el vocablo quechua Wampar, estos cuernos se realizaron con una técnica y motivos de decoración similar al de los mates burilados." (3)







"Illa - chacra". Puno 1940. Piedra berenguela tallada, 3.5 x 21.5 x 20.5 cm.






Hilario y Georgina Mendivil: "Reyes magos" (1/3), siglo XX
Pasta, madera y tela encolada policromada






Silvia Beatriz Suárez Moncada: "Jesús Urbano Rojas". 1975.






JESÚS URBANO ROJAS
(Ayacucho, Perú. 1947 - 2014)

"Desde niño ayudó a su padre en la siembra y cosecha de los productos de la región. En sus horas de descanso se dedicaban a hacer tejas y ollas de barro. Viajó a Huamanga, donde Don Joaquín López Antay lo adiestró con suma rigurosidad en el arte de la imaginería y le enseño a hacer retablos. Urbano abrió su propio taller. Paralelamente tuvo que dedicarse también al arriaje y aprovechó las rutas largas para comercializar sus retablos. Al poco tiempo, empezó a realizar exposiciones en el Perú y el extranjero. Fundó una escuela de artesanía con la finalidad de enseñar a niños, jóvenes y adultos a obtener recursos económicos a través de siete especialidades del arte popular: Retablo, cerámica, tallado en piedra de Huamanga, telar ayacuchano, burilado en mate, talabartería y cerería.

Actualmente el retablo es parte del sustento de muchas familias y el maestro Jesús Urbano es el más destacado de los retablistas vivos y uno de los más importantes exponentes del arte tradicional peruano y además, contribuye permanentemente a la difusión masiva del arte tradicional. Sus obras, piezas únicas hechas a mano con productos naturales sin utilizar maquinarias ni moldes, se exhiben en museos y galerías nacionales e internacionales. Jesús Urbano es el artista popular más premiado. Por su aporte a la comunidad ha obtenido la máxima condecoración que el Gobierno del Perú otorga a los ciudadanos que han destacado: La Orden del Sol en el grado de Caballero; además, ha sido nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional Mayor De San Marcos y Máster en Pomona Estados Unidos. Ha sido reconocido como Maestro de la Artesanía Peruana en 1993 y con el Premio Joaquín López Antay en el año 2008." (*)






Hilario Mendivil: "San Miguel Aecángel". Cusco siglo XX. Pasta, madera, tela encolada y
hojalata policromada, 57 x 27.5 x 40 cm.







"Sol", Chúa (Plato). Cusco siglo XX. Cerámica torneada, pintada y vidriada, 6.8 x 16.5 Ø






CERÁMICA

"El conocimiento sobre la arcilla y sus posibilidades plásticas, han sido un común denominador en la historia de la humanidad y su descubrimiento evidencia el desarrollo y complejidad que alcanzaron las sociedades antiguas. La tradición de la
cerámica en el Perú da cuenta de las técnicas de manufactura conocidas desde épocas precolombinas, pero también de herramientas y técnicas (torno) que llegaron con los españoles. De cualquier forma, la cerámica se manifiesta en sus usos tanto utilitarios como escultóricos; desde una necesidad lúdica están presentes los silbatos, figuras de animales, músicos y una diversidad de estatuillas que resaltan la vida cotidiana.


Desde la necesidad de creencia religiosa y/o ritual se tienen piezas como las iglesias , las conopas en forma de animales y las pacchas. Desde el uso doméstico, diversos utensilios como ollas, jarras o platos se realizan hasta nuestros días en todas las regiones del Perú, con las variantes regionales en modelos y técnicas. En ese sentido, algunos artistas que han destacado por su originalidad son Leoncio Tineo (Ayacucho), Edilberto Merida(Cusco), e Isaac Baldeón (Ayacucho) entre otros.


Un motivo interesante que no podemos dejar de mencionar es la del toro, cuya presencia es el imaginario popular es más que significativo. El vacuno formó parte de las nuevas especies que reemplazaron el pastoreo de ganado auquénido como la llama o la alpaca, transformando de manera sustancias la economía. Además, su apariencia, fuerza y nobleza, dieron pie a la transformación de formas sagradas como el amaru. Desde ahí, se puede tener idea sobre el progresivo cambio de la imagen o del felino hacia la del toro en nuestras expresiones plásticas tradicionales." (4)





"Virgen del Carmen". Ayacucho siglo XX. Piedra de Huamanga tallada y
policromada, 18 x 9.5 x 4.5 cm.






Delia Poma Osores: "Plato". Junín, 1975. Mate burilado y pirograbado, 5 x 25 Ø





Óscar Fernández: "Hilario Mendivil Velasco". 1988. Archivo del Museo de Arte de San Marcos.





HILARIO MENDIVIL VELASCO
(Cusco, Perú. 1929 - 1977)

"Hilario Mendivil nació en el Cusco en 1927 y desarrolló un estilo de imaginería original, inspirándose en el entorno, tomando como modelos a personajes religiosos, en particular de la tradición católica campesina como son las Vírgenes, la Sagrada Familia, los Reyes Magos, Santiago Apóstol y San Isidro Labrador, entre otros. Utilizó como materia prima yeso artesanal, mezclado con harina de trigo y cola natural hecha de patas de vacunos. Tanto él como su hija, han insistido siempre en que para ese trabajo no se debe usar cola sintética, sino natural. Desde el comienzo de su carrera, Mendívil dio a sus personajes unos cuellos largos muy particulares, que recuerdan aquellos de los camélidos andinos y que la tradición ha llamado “kunkay” o Llama Kunka, del quechua kunka, cuello.

Si bien inicialmente incomprendido, Mendívil insistió en su arte y tuvo la fortuna de contar con el reconocimiento y apoyo de personas de gran valía, como José María Arguedas, quien lo conoció a él y su arte durante una de sus visitas al Cusco dando inicio a lo que sería una larga amistad. La señora Alicia Bustamante, quien en un viaje al Cusco por motivos familiares, encontró unas piezas de Mendívil en una tienda y que de inmediato movieron su refinada sensibilidad. Ante la negativa la dueña de la tienda, quien no pudo o no quiso decirle quién era el artista o donde encontrarlo, la señora Bustamante lo buscó hasta que lo pudo contactar en San Blas y que luego de hacerle unos encargos para confirmar que era efectivamente al autor de las piezas que la habían impresionado inicialmente, le ofreció a Hilario y a su esposa Georgina su casa en Lima.

Las hermanas Alicia y Celia Bustamante tenían una peña llamada “Pancho Fierro” en la plazuela de San Agustín, en la que se reunían los artistas e intelectuales de la época y donde muchas veces se exhibían las obras de estos y otros artistas. Desde la peña y con el concurso de los asiduos a las tertulias, la obra de Mendívil fue haciéndose conocida en Lima y otros lugares. Otra persona que jugó un importante papel en el conocimiento de la obra de Mendívil fue la señora Doris Gibson. La señora Gibson se enamoró de la obra de Hilario y fue adquiriendo piezas hasta formar una importante colección de personajes, así como de conjuntos procesionales a lo largo de los años. Esta colección fue posteriormente donada al Instituto Riva Agüero y hoy conforma la parte central del Museo de Artes y Tradiciones Populares. Ha sido merecedor de premios importantes en honor a su destacada trayectoria, entre ellos el de Gran Maestro del Arte Popular. Trabajó junto a su esposa Georgina Dueñas en la realización de sus motivos religiosos y sus hijos son ahora los continuadores de esta tradición."






"Pacha". Cusco siglo XX. Cerámica pintada y vidriada, 6 x 30.2 Ø






CERÁMICA VIDRIADA

"La cerámica vidriada en utensilios como las chuas (platos) señalan el vestigio de técnicas europeas, como el uso del torno y el horno cerrado en la manufactura, el engobe y vidriado en la decoración de diversos objetos utilitarios y rituales que buscan reemplazar la importación de loza europea y asiática. La producción de la cerámica enlozada fue común en el periodo del virreinato y se produjo desde la zona sur andina hasta el norte del Perú." (5)







Hilario y georgina Mendivil: "Huida a Egipto". Cusco 1963.
Maguey, pasta, tela encolada y policromada.





"Joven echado". Ayacucho siglo XIX. Piedra de Huamanga tallada y policromada, 13.4 x 17.5 x 7.8 cm. cm.






MÁSCARAS

"Las máscaras que conserva el Museo de Arte de San Marcos pertenecen al danzas tradicionales andinas, las cuales son parte importante de festividades como las fiestas patronales o carnavales. En ese medio festivo, las máscaras forman parte importante de la vestimenta y adoptan características de diversos y variados personajes. Arturo Jiménez Borja hace referencia al impacto que causó en los indigenas la llegada de gente negra con la conquista española, esto dio como resultado la inclusión del "Negro" en diversas danzas cuyos interpretes llevan máscaras de negros.

Desde luego, el tipo europeo también fue tomado para máscaras al igual que otros personajes que iban siendo creados a propósito de hitos históricos como la guerra con Chile, enfrentamientos, etc, Con el correr de los años, las características formales de muchas danzas andinas han experimentado variaciones, evidencias de ello son los materiales usados para la elaboración de las máscaras, los originarios son reemplazados por productos de costos más bajos y de rápida adquisición. Así mismo, sus diseños y motivos evolucionan en consonancia con las nuevas modas y a exigencias de los consumidores." (6)






Centro Universitario de Folklore UNMSM: "Diablada de Puno". Puno 2011. 




Palabras de agradecimiento al personal del Museo de Arte de San Marcos, por el apoyo prestado para la realización de este reportaje fotográfico.



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Fotografías: son propiedad de Gino L. Ataucusi Arenas

1, 2, 3, 4, 5, 6). Catalogo de exposición.

*).- Fuentes biográficas:

Enlaces complementarios:
Herencias y tradiciones. (1/3)
Herencias y tradiciones. (2/3)


Nota: Las obras fotográficas presentes en la exposición, son propiedad de sus respectivos autores.